El jueves por la mañana tenía que ir a una prueba de idioma para una beca. Mario me prestó su Sevici (el mío ha caducado, tengo que arreglarlo) y me puse en camino al Pabellón de Brasil.
Por el camino, en bicicleta, los pensamientos pasaban a toda velocidad por mi cabeza. Supongo que debe ser cosa de la velocidad. Y me sentía bien porque todo acudía a mi cabeza con mucha claridad. Al dejar la bicicleta, los pensamientos seguían sucediéndose a gran velocidad, como cuando después de una carrera tu corazón sigue latiendo a todo ritmo aunque vayas andando. Tras un rato de caminata, los pensamientos volvieron a fluir con la velocidad normal.
Habiendo pasado el puente de Triana, a medio camino de la Torre del Oro, una chica que vendía tickets para el autobús turístico me preguntó si quería uno. Yo le contesté: “No, es que soy de aquí, gracias”. Ella se limitó a sonreír y yo seguí mi camino.
Entonces comencé a pensar y me di cuenta de algo que ya sospechaba desde mucho tiempo atrás: soy de Sevilla.
No me malinterpretéis: no soy sevillano, ni un sevillita, ni un miarma, ni un viva-la-Virgen-de-la-Macarena.
Pero el caso es que Sevilla es mi ciudad, la siento como mía y me importa. Puedo pasear por sus calles como por mi casa. Miro a mi alrededor y todo es familiar.
Es cierto que en Bollullos tengo a mi familia y a un buen puñado de amigos y no quisiera dejarlos al margen. Los quiero mucho y contribuyen a ser lo que soy. Pero no son lo único para mí, lo único que me hace ser así. Tengo otro sitio donde volver, un lugar donde puedo estar mucho tiempo sin sentirme lejos de casa. Y es porque estoy en casa. Y es porque esta ciudad es mi casa y la gente que la llena son mi gente. No toda, claro. Me refiero a mi gente. Vale, el concepto “mi gente” es muy cursi, pero no lo penséis demasiado.
Así que si el año que viene no voy a Suecia (cosa que a estas alturas parece poco probable), tampoco me voy a llevar las manos a la cabeza y llorar como aquel desconsolado fan de Britney Spears.
Porque ahora mismo estoy de puta madre en Sevilla y porque aún me queda mucho por descubrir.
Ése fue el año que me dejaron plantado en el altar, fue el año en el que me agredió un camarero loco, el año en el que me despidieron, el año que fui atacado por un macho cabrío, o más bien por una cabra. Y vive Dios que fue el mejor año de mi vida.
Así se cerraba la cuarta temporada de Cómo conocí a vuestra madre. Por mi parte, no creo que pueda hacer una retrospectiva tan estrafalaria como la que hizo Ted Mosby justo antes de saltar desde su azotea en busca de una mejor, pero sí que ha sido un gran año.
Enero comenzó con una mala noticia: la muerte del padre de mi amigo Miguel. Fue el mismo día 1. Parece que el año no quería empezar de buenas, así que me cagué en él para ver si se ponía las pilas y empezaba a fabricar cosas buenas. Y parece que no tardó mucho en escucharme cuando hizo que me regalaran para Reyes unos guantes y el último disco de Katie Melua.
Febrero me trajo el Carnaval a tres bandas: Bollullos, Cádiz y Sevilla. En Bollullos fui a ver las agrupaciones con mis amigos, como es tradición, y a la caseta con mis hermanas, disfrazado de algo así como estrella del Rock acabada. Nos encontramos con dos tipos disfrazados de Bender que llevaban un disfraz curradísimo. En Cádiz, Mario nos invitó a echar un día y medio para empaparnos del auténtico Carnaval, el que se vive en esa preciosa ciudad donde, al menos por unos días, todo el mundo es tu amigo y te habla con toda la confianza y la alegría características de allí. Fue toda una experiencia vivir ese Carnaval, disfrazarnos de personajes de Perdidos (aunque casi nadie nos reconoció), ver el pregón de Javier Ruibal y conocer Cádiz (me enamoré sin remedio). En Sevilla, Nazaret nos invitó a una pequeña fiesta de disfraces que incluyó concurso y escapada colectiva al Dia a por víveres ante la sorprendida mirada de los ciudadanos.
Marzo… No recuerdo mucho de marzo, a decir verdad. Lo más relevante que recuerdo fue el inicio de la Revolución Bolsavique a manos de Jesús, Juanfran, Kisko y yo. Un pequeño acto de rebeldía. Un gran salto contra la maquinaria del capital… o algo así.
Abril fue preguntarme por qué pasaban ciertas casualidades, el quedarme sin conocer la feria de Sevilla otro año más al ver chafados mis planes y vivir algunos de los días más felices de este año gracias a Jesús, Juanfran, Jose y Juan. Una escapada playera genial. Una de las entradas de este blog a las que más cariño le tengo. Sin duda, quiero repetir algo así el año que viene.
Mayo nos trajo la Comunión del hermano de Dani, con todo el cachondeo que supuso al juntarnos todos los amigos en una misma mesa, con comida y bebida gratis y una pista de fútbol hinchable de por medio. También tuve mi prueba para Onda Cero, que al final quedó en nada porque no me llamaron, pero al menos fue una toma de contacto para ver qué coño piden al buscar personal. Y por supuesto, mi viaje a Santander de una semana para el curso de inmersión en lengua inglesa. Fue una de las mejores experiencias de mi vida. Conocí a personas sensacionales a las que ahora tengo repartidas por toda España y parte del extranjero. En muy poco tiempo viví muchas emociones y eso se notó con el bajón que supuso la vuelta a la realidad Sevilla. Tan genial fue lo que viví que aún no he terminado de escribirlo para este blog (quizá algún día). El no poder terminar mi crónica sobre Santander supuso un parón en el blog que casi lo mata.
Junio lo empecé dándome cuenta de que algunos sentimientos habían muerto… o mutado más bien a una situación más normal. Y cuando ya pensaba que volvía a ser libre, con lo feliz que se vive así, ¡zas!
Y yo que creía que estaba…
que estaba de vuelta.
Pereza: Amélie
En julio pasé un genial día en la playa con un grupo de gente que me acogió como si fuera un amigo de toda la vida. Además, ahí fue donde fui bautizado como “Almendrito”, mote por el que me llaman a menudo y del que me siento muy orgulloso (es que nunca he sido una persona con mote). Y cómo olvidar el Camino de Santiago y todo lo que vivimos (lo bueno y lo malo). Una de las mejores experiencias del año, sin lugar a dudas. Algún día colgaré los vídeos y veréis sólo un trozo de qué nos sucedió ahí arriba. ¿Lo repetiré algún día? Me gustaría, pero con la experiencia que tengo ahora.
Agosto fue testigo de la escapada playera de Jesús, Miguel y mía a Matalascañas. Allí, después de quemarnos al sol (olvidé la sombrilla en la parada del autobús), nos reunimos con Metano y su sobrino. Risas y más risas, tonterías varias, chapuzones, juegos con la pelota y demás. Acabamos quemados (y Jesús dormido sobre un desconocido en el autobús de vuelta), pero felices. Y sí, me gustaría repetirlo el año que viene (qué cansino estoy con esta cantinela).
Septiembre nos llevó al cumpleaños ochentero de Mila, una fiesta por todo lo alto rodeados de gente maravillosa. Una de esas noches para recordar. Y también en septiembre intimé con un grupo de personas que se han convertido en buenos amigos y ahora también en compañeros de producción. ¿Cómo no nos acercamos antes los unos a los otros?
Octubre observó el rodaje del fallido capítulo de Halloween de este año de Perruque. Sólo hay un trailer que da fe de lo que hicimos y lo que la cagamos. Es una lástima. Este año al fin habíamos hecho un guión y todo quedaba más lógico. De todas formas, agradezco desde aquí a Ana, Jesús, Anabel, Marta y Mercedes por colaborar en lo que pudo haber sido el mejor capítulo de Halloween de la historia.
Noviembre fue la reactivación de éste, mi adorado blog, haciendo un repaso a los hechos más relevantes de los meses anteriores. Y el día 13… cumpleaños compartido con Ana, mi vecinita fabulosa. Una fiesta de disfraces llena hasta los topes de gente de puta madre. Música de bandas sonoras (aunque alguna intrusa se coló por ahí), disfraces muy originales, buen rollo, cachondeo extremo, canciones en el karaoke… Una noche legendaria. Eso sí, no estuve al 100% y acabé pidiendo perdón por ello… y me vi perdonado… y ahora sonrío al recordarlo.
Y diciembre llegó y nos trajo un pequeño susto, ese no-robo del piso, lo más extraño del mundo. Ahora tenemos una puerta nueva, gruesa, segura y bonita. Y aquella noche entre risas en casa de Anabel. Y volver a Bollullos a ver a la familia y a los amigos, limpiar el solar donde pasaremos otra Nochevieja más y comprar varios regalos para “amigos invisibles”. Un secreto: uno de ellos es una película de los chinos llamada Droga dominante. Seguro que es brutal.
Y ahora me paro a leer los grandes éxitos del año pasado y me doy cuenta de lo rápido que se ha ido este año. Navidad otra vez. Un año más que se va. ¡¿Cómo es posible?!
Y me ha quedado una entrada bastante sosa. Es que me he puesto muy tarde a escribir y aún tengo que arreglarme para esta noche. No sé cómo lo pasaré, aunque todo pinta muy bien. Mis colegas de Bollullos y la visita de Jesús y Juanfran. No puede fallar.
Espero que el año que viene sea mejor que éste, que las cosas buenas sean mayoría y que todo sea tan genial que no pueda parar de contarlo por aquí, haciendo una entrada de grandes éxitos alucinante.
Añadido tardío:
Dado que dejé esta entrada a medias, qué menos que terminarla, aunque sea a finales de enero (24, para más señas).
Olvidé mencionar que en noviembre asistí con Mario, Jesús y unas amigas suyas al rodaje de una escena de Knight & day, una película de acción con Tom Cruise y Cameron Diaz que promete ser un truño. Fuimos a una hora obscenamente temprana a la Maestranza ataviados como si fuéramos a los Sanfermines y nos llevamos 13 horas rotando por toda la plaza para que en cámara pareciera que estaba llena, viendo una y otra vez cómo los dobles de Cruise y Diaz huían en moto de unos pavos en coche. Todo se coronaba con un torero que toreaba uno de los coches. ¿Originalidad? Te llaman.
También noviembre fue grabar nuestra práctica de radio, el programa de música independiente En la cuerda floja, con Elena Berenjena Bejarano. Una de las entrevistas conseguimos colocarla en un programa de Radiopolis llamado La matraka. Fue divertido presentarnos en el estudio (situado en un lugar impensable) y hablar de cualquier cosa.
Y también fue volver al Sevilla Festival de Cine Europeo en compañía de grandes personas. Me perdí más de las que hubiera querido porque me puse malito, pero pillé alguna que otra buena película.
En diciembre me perdí una cena de Nochevieja (con uvas y todo) por el mal tiempo y el desánimo que me provocaba la lluvia. Ahora sé que estuvo bien y, de poder viajar en el tiempo, arrearía a mi yo del pasado para que fuera.
Nochevieja fue divertida. Bueno, un poco lo mismo de siempre, para qué engañarnos. Jesús se adueñó de la guitarra eléctrica de Dani y volvimos a entonar los dos temas que se han convertido ya en un clásico entre mis amigos: La vieja, la vieja (Tenía un negocio de coca) y Johnny Mamonny. Nos repartimos nuestros regalos y nos reímos con las dedicatorias.
Y ahora estoy aquí, planteándome un poco todo: mi vida, su rumbo, los giros argumentales… esas movidas que ocupan mi cabeza y de las que no me puedo librar.
¿Seré feliz este año? ¿Cambiará mi vida radicalmente o sólo un poquito? ¿Le echaré huevos?
Son las típicas cosas que nadie sabe. Supongo que es la gracia de la vida: su impredicibilidad. Eso sí, pase lo que pase, espero que éste sea un gran año para mí y para todos los que me rodean. Especialmente para ti, que has entrado aquí a leer las tonterías que cuento. Gracias de todo corazón.
¿Qué será de mí este año? Como dijo el bueno de Gregory House: “Sabe Dios…”.
Todo empezó el día 20. Me encontraba con Iván en Los Bermejales escribiendo la versión definitiva del guión de La cuadratura del círculo, el cortometraje que vamos a realizar el año próximo. El 18 había declinado la oferta de cena/fiesta en casa de Paula porque hacía una noche de perros y no estaba de humor, así que me apetecía una cena de despedida con todos los que quisieran apuntarse. El 19 había ido a casa de Patri a celebrar su cumpleaños y me lo pasé muy bien, así que sólo quería más y más.
Almorcé con Iván en un Burger King, invitado por él porque mi tarjeta de crédito no estaba activada, así que no podía sacar dinero (vive Dios que probé en muchos cajeros) y empecé a mandar mensajes a gente que pudiera estar interesada en cenar esa noche a modo de despedida. La gran pega era que proponíamos la cena en Reina Mercedes que, por si no lo sabéis, está un poco bastante en el culo del mundo de Sevilla.
Empecé a recibir negativas bien justificadas entre las que se incluían: “llegaría a las mil porque tendría que coger varios autobuses”, “acabo de ponerme a estudiar, así que ceno en casa” o “¿Reina Mercedes no está un poco en el culo del mundo?”. Así que Iván y yo nos dimos cuenta de que íbamos a cenar sólo con Carlos, que era el único que se había apuntado.
En este punto de la historia olvido comentar un punto que sería crucial para aquel día: Anabel no se podía apuntar a la cena porque había gastado mucho el día anterior, pero se apuntaba a cualquier salida posterior y quedé en avisarla cuando acabáramos la cena para ver qué podíamos hacer.
Caminando bajo la fina lluvia, Iván y yo recogimos a Carlos en una parada de autobús de Reina Mercedes y nos dirigimos a un Sloppy Joe’s, una pizzería de ésas que te cobran taco y medio, pero que ofrecen productos de calidad. Ya sabéis: uno de esos sitios a los que sólo puedes ir una vez cada siglo.
En el sitio ése nos pedimos una pizza llamada Taco de tamaño familiar. Sólo puedo deciros que abarca más de lo que podáis imaginar y que, pese a no llevar ingredientes como bacon o salchichas (ya sabéis, cosas que hartan), llena como la madre que la parió y resulta todo un reto acabársela.
He de añadir el mal servicio del sitio ése. En cuanto llegas, el camarero te “sugiere” una serie de platos, dándote el coñazo supremo y prácticamente obligándole a gritarle: “¡Déjame mirar la carta, coño!”. Eso por no hablar de que nos puso los platos sin mirarnos siquiera, pasando de largo y dejándolos con un movimiento brusco, como si le diéramos asco. Por cierto, he de hacer una recomendación: si vais a un Sloppy Joe’s, no os comáis los palitos ésos que os ponen al llegar porque os los cobran sin haberos avisado.
Tras acabar hartos con la pizza Taco, llamé a Anabel para preguntarle su plan. Ella, viendo que llovía, me sugirió que fuéramos a su casa a echar el rato. Aceptamos su proposición y pillamos un bus que nos dejara cerca de mi casa para tirar desde allí a casa de Anabel. Vale, les dije que sólo se tardaba 10 minutos en llegar de mi casa a la suya, pero quizá tiré un poco por lo bajo. Hay que tener en cuenta la lluvia, que ralentiza todo…
Anabel no estaba sola. María (una de sus compañeras de piso) estaba allí y también se apuntaba a lo que fuéramos a hacer, que para algo era su casa. Allí empezamos con el cachondeo habitual, hablando de los mismos temas de siempre aunque todo con un tono más fuera de tono (valga la redundancia) de lo que estoy acostumbrado con Anabel. Supongo que la influencia de Carlos e Iván es poderosa.
Cuando se acabaron las bebidas (a decir verdad pronto, porque había poca), Anabel y María bajaron a comprar y nos dejaron solos. Solos. A Carlos, Iván y a mí. En cuanto se fueron, comenzamos a gritar como monos ante la perspectiva de la casa para nosotros solos y nos pusimos a pensar qué hacer para sorprenderlas cuando volvieran. Imbuidos en un espíritu adolescente, decidimos mover las cosas de sitio: giramos las sillas, pusimos unos regalos de Navidad ficticios sobre muebles y el perchero, colocamos una cachimba sobre la mesa y hasta dejamos un pequeño zapatito de juguete sobre un libro que había en una mesita.
Cuando Anabel y María llamaron al portero, les abrí, apagué las luces y fui a esconderme al cuarto de Anabel con Carlos e Iván. Iván se escondió bajo una de las camas y Carlos y yo nos metimos bajo la mesa del ordenador. Contuvimos la risa al oírlas llegar y llamarnos al descubrir que no estábamos en el salón. Buscándonos, se dedicaron a abrir cada puerta de la casa y gritar que nos habían encontrado. Cuando llegaron a la habitación de Anabel, descubrieron a Iván a través de un espejo y no tardaron en dar con Carlos y conmigo.
El resto de la noche transcurrió sin alcohol (no habían encontrado ninguna tienda abierta) y con muchas risas. Contagiamos a Anabel y María nuestra jerga particular y nuestras tonterías habituales hasta que las hicieron suyas. No pudimos dejar de reír jugando a “Psiquiatría” y viendo cómo Anabel intentaba sonsacarnos torpemente información. Como suele pasar en estos casos, desaprovechó su oportunidad de ser cabrona preguntando. También descubrimos divertidas historias acerca de nuestros pasados al contarnos Anabel cómo nos conoció a cada uno.
En definitiva, todo fueron risas hasta que, viendo el chaparrón que estaba cayendo (y nosotros sin paraguas), aceptamos la oferta de quedarnos a dormir. Iván se quedó en el sofá, Carlos y yo nos hicimos con el cuarto de Anabel y sus dos camas y ella y María acabaron durmiendo juntas en el cuarto de ésta.
Y dormimos… a eso de las cinco de la madrugada, porque empezamos con el cachondeo y nos comunicamos a gritos de habitación en habitación contando chistes, cantando, soltando chorradas, hablando del niño fantasma de la puerta secreta de la habitación de Anabel…
A la mañana siguiente, después de echar el rato charlando con Anabel, fui con Carlos e Iván a arreglar lo de mi tarjeta de crédito y a recoger un jamón de un amigo del padre de Iván, que nos turnamos de vuelta a casa de Anabel, donde almorzamos y nos despedimos para ejercer labores de producción (imprimir papeletas y empaparnos gracias a la lluvia).
En definitiva, fue una de esas cosas que no se planean y acaban siendo geniales. Dicen que los mejores planes son los que no se planean y suelen llevar razón. Quizá es por el hecho de no generar expectativas, de no saber qué va a pasar y no querer imaginarlo siquiera.
En cualquier caso, el año que viene me gustaría repetir algo así. No me importa el lugar, el momento o la gente. Ni siquiera el plan, para que acabe saliendo tanto o más genial que aquella noche.
Mario y yo volvíamos el pasado lunes de un examen de Economía de los Medios Audiovisuales (que aprobamos, por cierto) cuando encontramos la puerta de nuestro piso abierta. Entramos como un par de inocentes y descubrimos que alguien no sólo había forzado la puerta, doblando el cerrojo de mala manera, sino que además había revuelto las cosas de nuestros cuartos (especialmente el de Jesús, el pobre).
Como locos, miramos y volvimos a mirar buscando qué nos habían quitado. Y esto es lo que nos habían quitado: nada. N-A-D-A. Con dos cojones.
Los ladrones más gilipollas de la historia han venido a robar a nuestro piso y han dejado allí el DVD, el equipo de sonido 5.1, el portátil de Mario, las impresoras y la cámara de fotos de Jesús. Brillante.
He de decir que me sentí algo marginado, ya que en mi cuarto se ve que apenas tocaron nada. Sólo habían revuelto un poco la ropa de mi armario y abierto los cajones de la mesita de noche.
Me imagino a los ladrones en plena faena, buscando dinero como locos y no encontrando nada, histéricos ante la ausencia de dinero y ante el desorden en mi habitación. Dicho esto, mando un mensaje a los no-ladrones del futuro: si no van a robar, al menos ordénenme el cuarto, cojones.
Ese mismo día nos cambiaron la cerradura, encargamos una puerta nueva ante la lengua viperina de la hija de puta mujer del casero y al día siguiente vinieron dos de la Policía Científica para desmoronar el mito que tenía sobre ellos: son tipos normales, más bien sosos, sin artilugios raros, ni puestas de escena impresionantes. Gracias, CSI.
Y nada, hoy he venido de recoger la denuncia que encargué por teléfono el lunes cual pizza a domicilio.
Todo está en orden. Todo en su lugar. La casa está limpia, pero en el buen sentido, claro.
Hoy ha acabado la VII Muestra de Cine y Discapacidad, un ciclo de conferencias y proyecciones de películas, cortometrajes y documentales al que llevo yendo desde que el mundo es mundo entré en la facultad el primer año.
Este año me he perdido la sesión de cortometrajes y documentales y la proyección de Yo, también, una película que tenía ganas de ver y que, según me han comentado los que la pudieron ver ayer por la mañana, está bastante bien.
Sí he podido ver Carmo, protagonizada por Fele Martínez y El truco del manco, de Santiago A. Zannou. Ninguna de las dos me ha entusiasmado. Carmo es una especie de road movie con toques de thriller y comedia, tirando a veces de surrealismo. Fele Martínez lo hace muy bien, pero la película no llega a nada magistral. Y El truco del manco… es un poco lo mismo de siempre: chico con contexto chungo que quiere llegar a algo más y se esfuerza en ello pese a todo. “El Langui” no lo hace mal, pero tenía más expectativas con su actuación, la verdad.
Me llevo de esta muestra la compañía, lo entretenida que es y la simpatía de Fele Martínez. Además, el contacto de Fele Martínez para futuros trabajos. ¿Quién sabe? Si da el perfil para nuestro corto y se apunta…
Y ahora volver a la vida normal. Sí, porque estos dos últimos días han sido un desbarajuste entre terminar la memoria de un programa de radio que hicimos y asistir a la muestra.
Mañana por la mañana, a las 8:30 (como unos espartanos, según Iván), edición de nuestra persecución, rodada el pasado lunes tras darnos cuenta de que la anterior era mierda. ¿Protagonistas? Ale y yo. Mola, ¿que no?
Pero ¿qué ha sido de Luis? ¿No estaba muerto? ¿No le había tocado la lotería y se había fugado a las Seychelles?
Pues no, queridos amigos (sí, he pasado del tú al vosotros). Simplemente es que soy uno de los tíos más perros que conozco, especialmente para mantener algo parecido a un diario. Ya he tenido otras experiencias de blogs que se han quedado ahí, aparcados de mala manera sin siquiera tener un final digno. Soy así de… incompleto. Soy un completo incompleto.
Aún tengo pendiente un post completo sobre mi experiencia en Santander, una de las mejores en lo que va de año. Una sola semana dio para vivir grandes momentos en compañía de unas personas mucho más grandes. Debo terminarlo para que os hagáis una idea completa de cómo fue y en homenaje a toda la gente que conocí, todos ellos maravillosos. Sí, sé que desde mayo he tenido tiempo de sobra para escribirlo, pero… en fin, ya sabéis.
En verano, a finales de julio, salí con unos amigos para hacer el Camino de Santiago. Otra experiencia que merece la pena ser contada en profundidad y de la que rescataré (en cuanto repare mi cámara) los vídeos que grabamos, que dicen mucho más que todo lo que pueda escribir. Sólo diré que fue otra de las grandes experiencias de este año, que tuvimos nuestros momentos de pasarlo fatal, pero que fue una gran aventura, de ésas que se recuerdan siempre.
Y mi vida ha seguido normal, sin dar demasiados giros, aunque con mis mismas comidas de tarro de siempre. Algunas cosas murieron… Bueno, es una expresión muy fea. Digamos mejor que cambiaron y ya no son lo que fueron antes. Pero, como siempre, otras cosas nacieron, y de repente me vi dando la razón a algo de lo que había oído hablar tiempo atrás. Y en ello me hallo, amigos. Y sí, sé que acabo de soltar algo muy críptico, pero no me gusta ser indiscreto. Sólo diré que es el viejo tema de siempre.
Y ayer cumplí 21 con una sensación casi de indiferencia. ¿Por qué? Pues porque el día 13 lo celebré por todo lo alto, compartiendo la fiesta con mi fabulosa vecinita Ana y con alrededor de 30 personas que vinieron a celebrarlo disfrazadas cinematográficamente. Una gran noche rodeado de grandes personas que, aunque no se conocían entre todas, resultaron conectar de una manera asombrosa. Sin embargo, me llevo una sensación algo agridulce, ya que no pude estar al 100% en algo de lo que tenía ganas.
Casi todos los que estuvieron en la fiesta. Vaya un grupo, ¿eh?
Este año me enfrento a un gran reto: realizar un cortometraje para una asignatura llamada Producción. Tenemos que buscar la financiación, el casting, los decorados, el vestuario, las localizaciones, los equipos, etc. Vamos, que vamos a estar muy ocupados, pero promete ser muy instructivo y al fin y al cabo es lo que me espera si quiero trabajar en el mundo del cine.
Esta semana tengo planeado cerrar mi inscripción para la beca Erasmus del año que viene. Si todo sale bien, el año que viene estaría estudiando en Brighton (que no creo) o en Siegen (que es más probable y no sé por qué me llama más la atención). Si me dan la beca, estaría un año fuera de casa y me propondría incluso abrir un nuevo blog para centrarme únicamente en mi vida como estudiante extranjero. ¿Abrir un nuevo blog? No mantengo éste y quiero abrir uno nuevo. Anda que yo también… Pero no sé por qué (quizá por mi predecible mala suerte), intuyo que si me dan la beca, antes de irme me pasará algo que me hará plantearme seriamente si irme o quedarme.
Me estoy dando cuenta de que me está quedando el post más soso de la historia, pero los comienzos siempre son difíciles, ¿no? Venga, dadme otra oportunidad. Prometo intentar mantener esto activo más a menudo.
Nos leemos. De verdad.
Os dejo con una canción que se puede relacionar con mi día a día: feliz, pero salpicado de momentos melancólicos.
Este domingo parto hacia Santander. Estaré hasta el sábado en un curso de inmersión lingüística en lengua inglesa (¿redundancia?) que organiza la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.
Mi tren hará escala en Madrid y estaré allí un par de horitas. Intentaré localizar a mi amigo Dani (que está, casualidades de la vida, allí) para no andar solico.
Casi una semanita con clases por la mañana y por la tarde, hablando, escribiendo y pensando en inglés. Inglés hasta en la sopa. Inglés para aburrir. Inglés, inglés, inglés…
Y espero que también turismo, que según mi madre (y ella de turismo sabe un rato porque lo estudió) Santander es una ciudad muy bonita, así que espero que mi cámara dé buena cuenta de ello.
Y, cómo no, espero encontrar buena gente, que para unos pocos días que son, ya sería chungo que estuviera rodeado de gilipollas, ¿no?
A mi regreso, si no antes, redactaré una detallada crónica de lo acontecido en este destartalado blog que se niega a morir.
Este domingo parto con la maleta llena de ilusiones, y el sábado… We have to go back… Dicho queda.
Para hacer la espera más amena, dejo aquí una canción que se me ha pegado y que me tiene contento, dueña del videoclip más original que he visto últimamente, lleno de referencias que hará las delicias de todo buen friki del videoclip.
Hoy a las 17:00, SEVici mediante, me personé (uy, qué fino queda) en la sede de Onda Cero que hay frente al Rectorado para hacer una prueba para hacer prácticas en verano.
Llegué junto a una chica que acababa de llegar y, al llegar a la segunda planta, la coordinadora de todo aquello nos preguntó el nombre y anunció a las demás (todas eran chicas) que ya estábamos listos para empezar. Nos mandó sentar en unas mesas y nos repartió un formulario en el que debíamos indicar nuestras preferencias para dónde queríamos hacer las prácticas (programas, informativos y deportes, según el orden que puse yo). En las siguientes páginas había una especie de test de actualidad en el que había que tener un poco de cultura general sevillana y nacional. Cosas como qué llenaba las portadas del periódico de aquel día, qué concejales sevillanos habían dimitido por no sé qué escándalo, qué obras se estaban llevando a cabo en Sevilla, quiénes eran la víctima y el asesino de un caso que llevaba unos meses conmocionando a Sevilla (ahí no tuve duda de que era lo de Marta del Castillo… digo yo) o, entre otras cosas, los últimos fichajes del Betis. Además, había que redactar un teletipo, poniéndolo en modo radio. Por último, al acabar el test, debíamos hacer una prueba de locución.
Yo, sintiéndome el mayor cateto de la historia al dejar casi todo en blanco, acojonado por no saber bien cómo redactar el teletipo y temblando ante la prueba de locución debido a mi estado actual de medio resfriado, vi el cielo abierto cuando la coordinadora me llamó por mi nombre y me dijo que, al ser de Comunicación Audiovisual, podía elegir entre hacer ese test para ser redactor o locutor o intentar tirar por la vía de la técnica (estar en la mesa de mezclas, vaya). Le dije que prefería la técnica, así que me dijo que dejara el test y pusiera simplemente qué experiencia tenía (al margen de ser profesional o no), qué programas había utilizado y cosas así, por lo que le hablé de las prácticas que había hecho en los estudios de radio de la facultad, los programas que había manejado y tal. Le entregué el test a la coordinadora, que me dijo que me llamarían cuando le pasara el test a los técnicos, mientras mis compañeras estaban probablemente estrujándose los sesos con las preguntas y salí en dirección a casa, presa del calor.
A la altura de la Alameda, caí en que hoy empezaba una jornada a la que me había inscrito llamada “El género de la Ciencia Ficción en el audiovisual andaluz”. La cosa empezaba a las 17:00, así que ya llegaba tarde. Muerto de calor me puse en marcha para dar con el maldito Pabellón de Uruguay, cosa que conseguí después de varias preguntas y vueltas sin sentido. Al llegar allí, pregunté por la jornada y los conserjes, secretarios o lo que fueran me dijeron que no tenían ni idea, aconsejándome ir a otro Pabellón de Uruguay que decían hay en la Cartuja.
La expresión “¡Un par de cojones!” resonó en mi cabeza, así que tomé un SEVici y me volví al piso, previa compra en el Mercadona de unas latas de limón y otros víveres. Al llegar y actualizar este singular blog, leo un e-mail y caigo en la cuenta de que la jornada empieza mañana.
A veces, perder el autobús de las 16:20 que te lleva de Bollullos a Sevilla es recomendable.
Si el conductor hubiera parado ayer en mi parada y lo hubiera podido coger, habría escuchado música durante el trayecto, habría llegado al piso y todo habría sido rutinario.
Sin embargo, cogí el tren de las 19:20 de La Palma. Buscando asiento me topé con Julia y Juan Félix, dos amigos de Bollullos. Me senté con ellos y observé que junto a Juan Félix había una chica mirando por la ventana. Pensé que no se conocían.
Hablando de música y de lo mal que está el tema, ella habló y así fue como nos tiramos hablando todo el camino. Era (es) una chica muy inteligente y divertida. Al verla hablar así, de repente, pensé que igual era una amiga de mis dos amigos, pero al final me vine a enterar de que no.
Debía coger un tren rápidamente para llegar a Córdoba. Tras decirnos lo alegres que éramos de habernos conocido, le pregunté su nombre y le dije el mío. Se echó a correr para coger su tren.
Seguí caminando con mis amigos y uno de ellos fue al servicio y a comprar un periódico. Me quedé con mi amiga hablando cuando vi que Eva estaba comprando unos tickets y entraba en el Natura que hay en la estación. Con una excusa inspirada en hechos reales (comprar un regalo para el cumpleaños de una amiga, que era al día siguiente), entré con mi amiga en el Natura y allí nos volvimos a encontrar con Eva.
Buscamos posibles regalos hasta que mi amiga se tuvo que ir y me quedé a solas con Eva. Hablamos de su carrera, de cómo ya había operado en solitario a varios animales (estudia Veterinaria), de los múltiples usos que tiene un veterinario (no sólo curar animales, sino analizar fármacos o revisar las enfermedades que pueden causar algún problema para los animales), de la feria de Córdoba (me la recomendó, especialmente la caseta de Veterinaria), de que ya acababa la carrera, de lo que quería hacer un futuro… bueno, y también algo de mí.
Me emocionó especialmente cuando me habló de lo que significaba para ella montar a caballo. No es una de esas pijas que salen por ahí a lucirse, a correr como locas. Ella monta con calma en un caballo que le deja una amiga. Me contó que en el momento en que te subes a un caballo, él deposita toda su confianza en ti, se deja guiar ciegamente, pero tú no puedes evitar formar parte de él mismo, de su ser, de su manera de pensar. En ese momento, Eva y el caballo son un solo ser. Y eso me pareció precioso.
Su tren iba a salir ya, a las 20:30… quizá a las 20:35, así que tuvimos que despedirnos, encantados de conocernos. Al final, entre charla y charla, no fue a tomarse el café que quería.
A veces, perder un autobús significa encontrar a alguien tan especial como Eva. Espero verla algún día, salvándole la vida a algún animal, sonriendo con tanta alegría como lo hacía cuando la conocí.
Quizá vuelva a perder el autobús otro día y otro tren vuelva a juntarnos.
Hasta entonces, cada vez que vea algún animal (especialmente un caballo), no podré evitar recordarla, sonriendo.
Ayer, Comunión del hermano de Dani. Iba de almirante, de blanco, con detalles en verde. Estos béticos… Qué fieles.
La primera sorpresa fue que nuestro camarero fue un antiguo compañero de clase. Decía servirme a mí primero porque era el que mejor le caía. Este Moi… Qué buena gente.
David, sentado a mi lado, me contaba sus dudas amorosas acerca de varias chicas que al parecer podrían haberse fijado en él. Y me pedía consejo. A mí. ¡¡¡A mí!!! Este David… Qué tío.
Cuando Mer, Juanma y Miguel se fueron, David nos grabó a Dani, Metano y a mí jugando en un futbolín humano que habían puesto para los niños. Recomiendo esa experiencia. Te sientes Ronaldinho jugando con micos. Aunque eso sí, un cabroncete parecía tirar a dar. Estos niños… Qué cabrones.
David se fue. Fui a firmar en el típico libro de Comunión, dejando mi sello personal al escribir cosas que me hubiera gustado leer en mi libro de Comunión. Entre otras cosas le decía que acababa de darle una paliza jugando al futbolín humano, que había comido de gratis a su costa y que no se metiera drogas. Supongo que no es el tipo de firma que esperaba la madre de Dani, pero seguro que hasta le gusta. Estas firmas de Comunión… Qué ñoñas.
Dani, Metano y yo nos quedamos para la barra libre, agenciándonos un purito a modo de pajita (invención de Metano). Mientras Metano veía a los niños jugar al futbolín humano, Dani y yo hablábamos acerca de tías, de sus dudas y de las mías. Le enseñé un SMS y le pedí su opinión. Lo consideraba una buena señal. Este Dani… Qué optimista.
Más tarde, le pedí opinión a Metano, curtido en mujeres más que el pirata de Espronceda. Me pidió que le ilustrara la continuación en la vida real del SMS con detalles, utilizando vasos, caramelos, sillas y hasta a los propios Dani y Metano. Su resolución fue clara.
―Por cómo me lo has contado, creo que le gustas a la amiga.
―¡¡¡¿¿¿Qué???!!!
Su explicación, amén de parecerme sorprendente y divertida, fue tan lógica que asustaba. Pasó de la chica que me interesaba a darme la lata con la amiga y ésa fue nuestra conversación camino de vuelta a casa, elaborando hipótesis con lo que podría suceder o no. Este Metano… Qué mente.
Está comprobado que una Comunión puede dar mucho más de sí de lo que parece. La ñoñería y elegancia superficial dejan entrever momentos surrealistas: improvisar una partida al futbolín humano con críos, que tu amiga Mer te compare con el prota toxicómano de Crepúsculo, dar una paliza fingida a tu amigo Metano mientras te graban para el vídeo de Comunión para que tenga algo de chispa, que una cría sea mejor portera que tú, que las gambas de tu amigo David reaparezcan después de ser comidas por obra y gracia de Mer, que un niño robe un tenedor de tu mesa porque lo necesita para un juego que está haciendo la animadora pirata…